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Serendipia, el nombre de la casualidad

Columna Sapiencias

  • A veces la ciencia da pasos más firmes luego de un tropiezo. De pronto avanza, pero no gracias a lo planeado, sino a lo que resulta de la casualidad.
  • La sombra de la serendipia palpita en el mundo médico y representa tanto lo que se busca como lo que no se busca. Por lo pronto, es evidente que quien sólo ve lo que se espera y considera lo inesperado como erróneo, nunca hará descubrimientos relevantes, por eso no hay que olvidar que la intuición aliada a la inteligencia es el factor determinante de muchos de los hallazgos más significativos.

Enrique Chao Barona

Como complemento al tieso modelo científico, ahora se le da la bienvenida al azar, y lo que antes avergonzaba a la ciencia, ahora se acepta como un don de la providencia, el factor X de muchos hallazgos.

Muchos creen a pie juntillas que los farmacólogos introducen a los mercados sus medicamentos a partir de una investigación programada hasta en los detalles más insignificantes. Presumen que nada queda al azar. Sin embargo, muchos remedios, como enseña la historia, se deben a una serie de casualidades… Algunas fórmulas se dan inclusive sin que hubiera un plan diseñado para obtenerlas y ni siquiera un experimento para comprobar su eficacia.

Desde hace unos años, al reconocer la frecuencia de estos hallazgos en la ciencia, ha prosperado el término “serendipia”. Esa voz, serendipia, tiene su origen en un relato muy popular de Persia: “Los tres príncipes de Serendip” (Serendip es el nombre persa de Sri-Lanka), que llegó a manos de Horace Walpole, un prolífico escritor inglés que, en 1754, la hizo circular con su amigo sir Horace Mann a través de una carta, para referirse a quienes realizaban continuos descubrimientos a partir de hechos casuales interpretados con sagacidad.

Un descubrimiento afortunado e inesperado por accidente

Walpole usó el término para describir sus propios descubrimientos accidentales y definió que: “Un descubrimiento serendípico es aquél en el que se encuentra algo valioso que no ha sido buscado, un descubrimiento afortunado e inesperado por accidente”.

Hasta hace unas décadas la serendipia no había sido objeto de especial atención. El orgullo científico se abochornaba del azar y no veía con agrado su dependencia de la casualidad. Pero en la actualidad cobró relevancia gracias a la amplia difusión de un pensamiento menos rígido, más laxo, que le han dado al azar mayor importancia. Hoy, la casualidad, se posa sin sonrojos en la frente de todos.

En el mundo anglosajón, la palabra serendipity ha sido adoptada sin rubores como sinónimo de buena suerte para descubrir, a partir de hechos imprevistos, consecuencias valiosas utilizando razonamientos inteligentes. En castellano se intentó traducirla con palabras equivalentes, como: suerte, coincidencia, fortuna, casualidad, azar o chiripa, pero su uso le restaría color a ese hecho descrito por Walpole.

Una interminable lista de serendipias

En todos los ámbitos de la ciencia hay ejemplos y unos muy, muy grandes, del tamaño de un continente, como el hallazgo de Cristóbal Colón, ya que, como es sabido, el navegante buscaba más bien una ruta marítima a las Indias y tropezó en el camino nada menos que con todo un inmenso territorio, América.

Mark Twain subrayó que el nombre del mayor de los inventores era el de “Accidente”, y el Premio Nobel húngaro-americano Szent-Gyórgyi precisó que: “Descubrir consiste en ver lo que todo el mundo ha visto y pensar en lo que nadie ha pensado” o, como formuló el físico americano Henry: “Las semillas de los grandes descubrimientos están flotando a nuestro alrededor constantemente, pero sólo extienden raíces en las mentes bien predispuestas para recibirlas”.

El azar es frecuente en los laboratorios farmacéuticos: aparte del conocido caso de Fleming y la penicilina, que se descubrió a partir de la contaminación accidental de una placa de cultivo, el minoxidilo, aplicado contra la hipertensión, hizo crecer el pelo de un paciente calvo. Hoy, la sustancia se utiliza para avivar el crecimiento de más cabello.

La corteza de los jesuitas

Otro ejemplo, la novocaína, un anestésico local, se emplea como antiarrítmico, luego de que se verificó que los perros anestesiados con dicho remedio, y que tenían arritmias, mejoraban de manera inesperada. Asimismo, el interferón, empleado contra el cáncer, se aprovecha ahora como antiartrítico, desde que verificaron que mejoraba la artrosis de los enfermos oncológicos.

La introducción de la quina abunda con anécdotas. Se dice que la esposa del virrey de Perú, la condesa de Chinchón, padecía de malaria y se curó con la corteza de un árbol peruano, el de la quina. Fue ella, más tarde, la que introdujo estas cortezas en España contra el paludismo. Por otro lado, en 1630, los jesuitas emplearon la misma corteza para curar la malaria en Lima, por lo que acabaron llamándola como la «corteza de los jesuitas». En 1820, los químicos Caventou y Pelletier aislaron la quinina de la corteza del árbol, pero la fórmula no se descubrió sino hasta 1908 y su síntesis en el laboratorio tuvo lugar hasta 1944.

Otra hazaña cobijada por la serendipia fue la de Edward Jenner, quien observaba por azar que las vacas no enfermaban de la viruela humana, así decidió inocular viruela vacuna a las personas y comprobar que, proviniendo de la vaca, adopta en el hombre formas benignas; esa observación lo llevó a inocular en un niño sano viruela de una vaca, quien a pesar de que estaba expuesto al contagio de la viruela humana, quedó protegido y no la padeció.

Bajo el velo de la casualidad

Desde otro ángulo, en el terreno de los antisépticos y analgésicos (como el éter y el cloroformo, todos descubiertos bajo el velo de la casualidad), Humphry Davy descubrió, en 1799, que una inhalación prolongada de óxido nitroso (conocido como «el gas de la risa») causaba una inconsciencia temporal, por lo que se podía aplicar como anestésico dental.

Una anécdota más, de las muchas que abundan, fue la causa de la diabetes. Identificada por el fisiólogo alemán Oscar Minkowski en el curso de sus investigaciones digestivas, luego de extirpar el páncreas a un perro, notó que las moscas acudían en tropel a los orines del animal. Explicó que ello se debía a una acumulación del azúcar glucosa en la orina al faltar una sustancia (insulina) que normalmente se produciría en el páncreas. Más tarde, en 1921, dos investigadores, Banting y MacLeod, extrajeron la secreción a partir de los páncreas de perros y, al inyectar el extracto a los perros diabéticos, éstos recuperaron sus niveles normales de glucosa.

MacLeod sugirió el término “insulina” para la secreción, al descubrir que se producía en las células de los islotes de Langerhans del páncreas y, poco después, ensayaron en humanos los extractos purificados de páncreas de vaca. En 1922, los investigadores aislaron y utilizaron la insulina en humanos, y con ello, obtuvieron al año siguiente el Premio Nobel de Fisiología y Medicina.

La sombra de la serendipia palpita en el mundo médico

Finalmente, hace algunas décadas, Luis Ernesto Miramontes, un joven estudiante de química, luego de muchos intentos, logró sintetizar la hormona noretisterona (o noretindrona) encargada de inhibir la ovulación de las mujeres, y por tanto, de evitar los embarazos no deseados. Eso precipitó la revolución sexual, ya que fue el antecedente de la píldora anticonceptiva. Miramontes recibió la patente del compuesto junto a Carl Djerassi y George Rosenkranz, de la compañía química mexicana Syntex, S.A.

Por cierto, esa misma firma comercializó también otra hormona, la cortisona. En 1949 encargaron a Carl Djerassi que la produjese (la cortisona fue descubierta unos años antes por E.C. Kendall). Djerassi tenía como objetivo fabricar cortisona, pero además produjo accidentalmente la 19-norprogesterona, que contiene un átomo de carbono menos en su molécula que la progesterona y que es más potente que la hormona natural, y si bien sólo podía administrarse por vía intravenosa, los químicos de Syntex la modificaron para hacer posible su administración por vía oral.

En fin, la sombra de la serendipia palpita en el mundo médico y representa tanto lo que se busca como lo que no se busca. Por lo pronto, es evidente que quien sólo ve lo que se espera y considera lo inesperado como erróneo, nunca hará descubrimientos relevantes, por eso no hay que olvidar que la intuición aliada a la inteligencia es el factor determinante de muchos de los hallazgos más significativos.

Enrique Chao

Enrique Chao Barona, es consultor independiente, fue director editorial de la revista Expansión por más de 25 años y ahora es director de varios proyectos editoriales para industrias verticales, como Ambiente Plástico y Revista Onexpo, entre otras más. Su correo electrónico es: enrique.chao@mundofarma.com.mx

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