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¿Cómo salir del «Síndrome de la Cabaña»?

Columna Sapiencias

Apego al encierro, a la zona de confort

Hay personas que luego de tres o cuatro meses de encierro, la sola mención de salir del encierro les aterra: ellos experimentan el “Síndrome de la Cabaña”. Sienten pánico por el contagio. La nueva normalidad es para otros, para los vecinos….

Enrique Chao Barona

El confinamiento prolongado que se dio bajo el lema nada tranquilizador de “¡Quédate en casa!”, acarreó como consecuencia una experiencia traumática; esos primeros días y semanas muchos experimentaron intensos niveles de ansiedad. Curiosamente, esas mismas personas pueden estar hoy desarrollando lo que se está dando a conocer como el Síndrome de la Cabaña.

Los psicólogos explican que no se trata de una enfermedad mental: «Se habla de ‘síndrome’ -dicen- cuando una persona experimenta un conjunto de síntomas y reacciones tanto emocionales, como cognitivas y motoras tras determinada experiencia vital y a la que están íntimamente ligados».

El Síndrome de la Cabaña se refiere a una serie de pensamientos catastrofistas vinculados a lo que se encuentra más allá de los límites del hogar, relacionándose a nivel fisiológico con la emoción de miedo y todas sus manifestaciones (como taquicardia, hiperventilación, sudoración…).

Se le conoce como Síndrome de la Cabaña, o Cabin Fever, porque se la relaciona con un padecimiento que se remonta al siglo pasado, cuando, debido al invierno, las personas se veían obligadas a pasar largas temporadas aisladas en sus cabañas -tal y como se ha vivido en esta emergencia sanitaria-, donde la gente llega a experimentar síntomas depresivos y pánico a salir.

A este “síndrome” lo han catalogado como uno más de los efectos secundarios provocados por el aislamiento debido al Covid-19. Se trata de una expresión que afecta a numerosas personas de distinta manera (y que suscita, por ejemplo, desasosiego, tristeza, impaciencia, nerviosismo, problemas de insomnio y una pronunciada sensación de soledad).

Al ruedo de la nueva normalidad

Por eso, la vuelta a la vida normal tocará a cada quien de modo diferente. Durante el regreso escalonado a la “nueva normalidad” se correrá el riesgo de que algunas personas que han estado en confinamiento sufran de un estrés postraumático, que se reflejará en un temor a salir a las actividades cotidianas por miedo a socializar y contagiarse de Covid-19.

La experiencia de aislamiento ha sido un caldo de cultivo de inéditas emociones. La aprehensión permanece como una constante y se traduce en miles de reacciones. Se sabe de infinidad de casos de violencia intrafamiliar, lo que conlleva a “un mayor número de personas con depresión y un aumento en la tasa de suicidios”, según especialistas, y plantean que el miedo “puede ser funcional o disfuncional”.

En el primer caso, conduce a tomar ciertas medidas de precaución sensatas. En el segundo, en contraste, lleva a reacciones como la limpieza compulsiva, a desarrollar actitudes obsesivas (como buscar permanentemente información sobre el coronavirus o hablar solo de ello) y, también, a no querer salir de casa por temor al contagio:

 “A su vez, el miedo puede ser a contagiarse uno mismo o a contagiar a los otros, con lo que las reacciones también son distintas”, de acuerdo con la psicóloga María Martín de Pozuelo, quien indica, por cierto, que el Síndrome de la Cabaña no está tipificado, ni reconocido por la Asociación Americana de Psicología (APA), como sí lo está el de Asperger, el de Tourette…

La casa como búnker

Al comienzo de la crisis sanitaria, de manera repentina, las personas que aceptaron la cuarentena lo hicieron casi sin protestar. La salud comunitaria y la llamada sana distancia convencieron a todos, aunque, en el fondo, se daban cuenta que estaban dejando todo afuera, su trabajo, sus hábitos, sus parientes y amigos. Y, a medida que ésta se prolongaba, vivieron el confinamiento como una pérdida de libertad.

No obstante, con el avance de las semanas, se fueron adiestrando al encierro: el hogar se fue transformando en cobijo, en espacio protegido, en sinónimo de seguridad. Muchos inclusive solicitaron en sus centros de trabajo quedarse en plan de home office por el pánico tan grande que fueron manifestando ante el ambiente público, o incluso, a relacionarse con otras personas por temor a contagiarse.

Hoy, muchas personas (que están confinadas desde marzo) no tienen la mínima intención de reincorporarse a su vida diaria. Entre ellas hay quienes no se dan sosiego y no se pierden de ningún noticiero. Viven hechizados por las calamidades, y siguen las cifras de contagiados y muertos; “…eso provoca desesperanza y una depresión mayor que puede llevar a tomar decisiones fatales, hasta atentar contra uno mismo”.

Quienes padecen el Síndrome de la Cabaña, los virus siguen estando por doquier, y no bastan todas las precauciones. Ahora, justo cuando las cosas vuelven a cambiar, y nos estamos encaminando a una cierta normalidad, en la que, con las debidas precauciones, ya es posible salir a pasear y hacer algo de vida al aire libre, quienes padecen este síndrome se oponen a exponerse. Han pasado de la casa como prisión a la casa como refugio seguro…

En estos casos, los especialistas recomiendan buscar ayuda médica para tratar los síntomas antes de que puedan derivar en el padecimiento del Síndrome de la Cabaña, de lo contrario, “podrían experimentar un desenlace fatal”.

Cómo salir del refugio

Para poner un pie de nuevo en la realidad, lo primero es “tener presente que toda emoción es adaptativa” y que, por tanto “es posible llevarla a esa funcionalidad”. Para ello, los especialistas sugieren que hay que “dedicar un tiempo cada día a afrontar ese miedo, en lugar de evitarlo, para superarlo y convertirlo en coraje. Al miedo hay que usarlo como un recurso, y no como un límite» -exponen, y sugieren que las salidas deben ser graduales, de manera que cada uno pueda ir regulando qué necesita y cómo.

“Hay que ir graduando nuestro contacto con el exterior. Ya sea por el mero hecho de exponernos a la calle, al ruido, a otras personas desconocidas…, y realizar algo que nos agrada o que nos pueda aportar una leve sensación agradable, al menos al principio. Disfrutar del sol en la piel, facilitar el contacto con algo de naturaleza como un parque. Si asociamos la salida, que nos agobia, con una consecuencia de placer (dentro de las posibilidades existentes) es algo más fácil que volvamos a repetir la experiencia al día siguiente”.

Por supuesto, hay que tener en cuenta respetar y seguir los protocolos estipulados de seguridad…, las pautas de distanciamiento social, lavado de manos y uso de mascarilla (entre otras) pueden proporcionar cierta sensación de seguridad.

“En este sentido, es importante darle un lugar, reconocer que existe, analizar de dónde nace e intentar afrontarlo. Empezar a salir poco a poco —por ejemplo, a tirar la basura, hasta la esquina, a dar una vuelta a la manzana— puede ser un buen punto de partida. Lo mismo que procurarse aquellas medidas que nos den seguridad: como el uso de la mascarilla, el gel y seguir un protocolo de higiene al volver a casa. Y, muy importante, evitar la búsqueda constante de información sobre el virus o estar todo el tiempo hablando sobre ello”. Poco ayuda la constante infodemia, las pantallas siempre prendidas.

Enrique Chao

Enrique Chao Barona, es consultor independiente, fue director editorial de la revista Expansión por más de 25 años y ahora es director de varios proyectos editoriales para industrias verticales, como Ambiente Plástico y Revista Onexpo, entre otras más. Su correo electrónico es: enrique.chao@mundofarma.com.mx

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