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Frida en escena: cuando Coyoacán canta el dolor y la rebeldía

Placeres Teatro

En el Teatro Centenario Coyoacán, Frida Kahlo, el musical no busca la postal complaciente ni la biografía escolar. Bajo la producción y dirección de Gerardo Quiroz, el montaje apuesta por una experiencia sensorial que combina música original, recursos multimedia y una interpretación central —la de Karen Espriú— capaz de sostener, con voz y carisma, la compleja herencia emocional de una de las figuras más universales del arte mexicano.

Arturo Rivas

Hay algo profundamente simbólico en ver a Frida Kahlo volver a la vida en Coyoacán. No como estampilla turística ni como mito domesticado, sino como cuerpo escénico: dolor, humor, rabia, deseo. El Teatro Centenario, incrustado en el barrio donde la pintora vivió, amó y sufrió, se convierte en un espacio de resonancia emocional. Aquí, Frida no se contempla a distancia: se escucha, se canta y se confronta.

Es la segunda vez que tenemos la oportunidad de ver esta obra de teatro, y luego de algunos meses, podemos decir que esta puesta en escena ha ido mejorando, tanto por la vívida y sentida interpretación de la protagonista, Karen Espriú, además de la incorporación de algunos pequeños, pero sustanciales cambios en la producción.

La propuesta de Gerardo Quiroz se inscribe en un teatro musical contemporáneo que privilegia la experiencia por encima de la recreación museográfica. El relato avanza como una serie de estaciones vitales —de la adolescencia al final marcado por la enfermedad— y construye un viaje que recorre los episodios más reconocibles de la vida de Kahlo sin perder el pulso escénico. Hay oficio en la manera de conducir la narración: ritmo sostenido, transiciones claras, momentos de intimidad bien dosificados y un sentido de espectáculo que no subestima al público.

Música original, pilar de la obra

Uno de los mayores aciertos del montaje es su uso de recursos multimedia. El video mapping transforma el escenario en un lienzo en movimiento: cuadros que se expanden, colores que envuelven a los intérpretes, imágenes que dialogan con la música y refuerzan estados de ánimo. No se trata de un adorno tecnológico, sino de un lenguaje escénico que acompaña el relato y lo vuelve inmersivo. En algunos pasajes, la proyección parece respirar con la protagonista; en otros, corre el riesgo de subrayar de más, pero el balance general favorece la experiencia.

La música original es otro pilar del espectáculo. Once canciones atraviesan la obra y funcionan como confesiones abiertas. Karen Espriú no solo interpreta a la Frida adulta: le presta una voz que canta lo que la biografía suele callar. Sus letras, ancladas en géneros como el huapango, el bolero y el tango, no buscan la frase fácil ni el estribillo complaciente; intentan nombrar el dolor físico, la traición, el amor feroz y la soledad. Hay canciones que se sienten como diarios íntimos cantados en voz alta, y ahí el musical encuentra su mayor potencia.

Espriú sostiene la obra con una presencia escénica que evita la caricatura. Su Frida es irónica, vulnerable, frontal. No pide compasión, provoca empatía. La voz —amplia, bien colocada, expresiva— se convierte en el hilo conductor de la noche. Cuando canta, el tiempo parece detenerse; cuando habla, el humor seco y la inteligencia emocional desactivan cualquier tentación melodramática. No es una Frida solemne: es una mujer consciente de su tragedia y de su fuerza.

Identidad fragmentada

El elenco complementario aporta capas al relato. Las intérpretes que encarnan a Frida en etapas más tempranas construyen un contrapunto necesario: inocencia, curiosidad, primeras heridas. Esa convivencia de edades en escena subraya la idea de una identidad fragmentada y en constante reconstrucción. La coreografía, por su parte, evita el exceso ilustrativo y se mueve en un registro más simbólico, acompañando emociones más que acciones.

Narrativamente, la obra opta por la síntesis. En su afán por recorrer varias décadas en apenas setenta minutos, algunos episodios se esbozan más de lo que se exploran. La política, el contexto histórico y ciertas relaciones clave aparecen como destellos, no como desarrollos profundos. Es una decisión consciente: este no es un tratado biográfico, sino un retrato emocional. Aun así, hay momentos en los que el espectador desearía que el montaje se permitiera más silencio, más pausa, más riesgo dramático.

Convertir a un ícono en experiencia viva

El vínculo con el espacio es fundamental. El Teatro Centenario Coyoacán no exige solemnidad; propicia cercanía. Esa intimidad beneficia al musical: se escuchan respiraciones, se sienten silencios, se comparte la fragilidad. No es menor que esta historia se cuente aquí, en el mismo territorio donde Frida construyó su imaginario. El teatro se vuelve extensión del barrio y el barrio, eco de la escena.

Frida Kahlo, el musical no pretende agotar a su personaje ni clausurar interpretaciones. Su apuesta es otra: convertir a un ícono en experiencia viva. Con una producción sólida, un uso inteligente de tecnología y una protagonista que canta con el cuerpo entero, la obra se instala como una propuesta atractiva dentro del panorama teatral capitalino. Se sale de la sala con la sensación de haber visto un mural que respira: imperfecto, intenso, profundamente humano. Y en tiempos de ruido y fórmulas, eso ya es una forma de resistencia cultural.

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